22.4.07

Mama tierra...

22.3.06

Con permiso de Cortázar...

Hace ya tiempo me sorprendí leyendo ese libro tan recurrente y siempre presente, eternamente en estado de moda y tan manoseado, a veces, para deleite del cultureta ocasional con la sola pronunciación de su título. Me gustó Rayuela, no voy a negarlo. Me encantó la locura transitoria y titileante de Horacio y sobretodo me enamoró, como a tantos otros antes que a mí, ese personaje maravilloso que es La Maga. Evidentemente me sorprendió, pero en cierto modo he de decir, aún a riesgo de cometer herejía, que de alguna manera también me decepcionó, esperaba más de un libro que me habían recomendado por activa y por pasiva, tal vez por eso su lectura me supo a poco, entonces, claro está, no me di cuenta de ello. El año pasado releí aquéllas páginas y, en honor a la verdad, fue todo un descubrimiento, como leerlo por primera vez. En esta ocasión me centré más en la relación de sus personajes y disfruté muchísimo de su lectura. Un gran libro sin duda, pero en esas estaba yo, pensando aún a día de hoy que aquélla era la relación de amor más original y mejor narrada de los últimos tiempos cuando ante mis narices y gracias a la recomendación de la Grandes (al César lo que es del César), apareció la que sin duda es para mí la auténtica obra maestra del romanticismo contemporáneo, el manual de las historias de amor, el libro que me abrió los ojos y que sin duda me da otra concepción de la Rayuela de Cortázar, pues no he podido dejar de comparar, mientras leía, ambas formas de ver el amor imposible e incompresible. Y ya tengo mi favorito. No es que tengan mucho en común estas dos historias pero en cierto modo si me permito establecer un paralelismo evidente en la intención de ambos autores, y no me importa ser el único que la vea. La obra a la que me refiero no es otra que "Bella del señor" de Albert Cohen. No quisiera extenderme mucho en el comentario de esta maravillosa novela porque prefiero dejar patente mi encarecido emplazamiento a sus páginas, recomendar, en una palabra, su lectura. Tiene pasajes brillantes a la altura de muy pocos escritores de este siglo (hablando del anterior, se entiende) y en sí todo el escrito, de principio a fin, es un fantástico tratado sobre el amor, las apariencias, las clases sociales, la ironía, los celos, la violencia y la monotonía en las relaciones. Bella del señor, Albert Cohen, obra maestra y libro de cabecera inevitablemente, con permiso de Cortázar.

10.2.06

HUECOS, por Sidhe

Son las 7:55 de la mañana. Tan solo faltan 5 minutos para que el despertador me agobie como cada día. Me giro dando media vuelta más de lo que habitualmente podía y entonces me acuerdo de que ya no estás. Que anoche te fuiste. Me encuentro con el primer agujero, con el hueco.
El despertador suena. Me quejo. Abro los ojos y estiro el brazo intentado tocarte como cada mañana. Finisterre comienza en tu lado del colchón. Soy capaz de levantarme. Tengo ganas de llorar. Como cada día lo primero que hago es coger una taza y llenarla de café recién hecho; no hay, éso es porque ya no estás. Pongo las medidas de café y agua que usabas cada mañana mientras yo, desde la cama, te pedía guerra de la buena.
Abro el armario. Está vacío, oscuro, tiene eco, huele a ti, me dan ganas de llorar, doy un portazo con toda mi fuerza, no es suficiente, pego un puñetazo, siento dolor, lloro, me siento en la cama, me echo las manos a la cabeza, lloro, te odio por haberte ido y te amo tanto para desear que vuelvas. Me regalas un segundo hueco.
Salgo de casa. Voy al garaje. Mi coche desde hace meses no tiene notas en el parabrisas diciendo que me quieren, que están deseando volver a casa del trabajo para verme o con un simple “Pienso en ti”. A la izquierda falta tu coche. Hay otro hueco que me recuerda que no estás, que te has ido. No paro de encontrarme huecos de ti: el de tu albornoz, tu cepillo de dientes, en el sofá, el perchero, las maletas, el coche, los cds,… El desamor tiene forma de hueco y no de corazón, sino de frasco donde guardamos los cepillos de dientes.
Hoy me has llamado. Preguntaste a qué hora te podías pasar a recoger el resto de tus cosas que, traducido a palabras para entenderlas es que vas a venir a dejarme más huecos que me recuerden de un solo vistazo que ya no estás, que ya no me quieres y que ya no vas a volver. Por supuesto tu llamada era para que yo no estuviera. Te dije que a las ocho, que estaría en el gimnasio.
Es mentira, no voy al gimnasio. Estoy en el bar de enfrente, aquel a donde siempre bajaba a comprarte el tabaco, el que no te gustaba porque decías que olía a bar. Te he visto entrar. Llevabas un gran hueco en una bolsa bandolera. Seguro que ya tienes premeditado dónde dejarlo en pequeños trozos. No sé si salir corriendo detrás de ti y suplicarte que vuelvas, de rodillas y agarrado a tus piernas. Me pierde mi ridículo. Me pido otro whiskey. Veo la luz del salón encendida. Seguro que está dejando huecos en las velas del salón. En las 35 que te encendí en todo el salón el día de nuestro aniversario. Mañana te llamaré para decirte que las velas son mías para que vengas y las devuelvas. A lo mejor basta para que te quedes. Seguro que deja huecos en las fotos, en las figuritas que compramos en Marruecos, en la cajita de madera donde guardábamos los condones, en el cuadro del salón, en tus perfumes, en tus cremas, en las sonrisas, las miradas, las risas, la piel de gallina que tenías la primera noche, tus lágrimas en mi hombro los domingos viendo una peli en el sofá, los regalos, los besos, los abrazos, las manos entrelazadas, los silencios, en las veces que pensaba en ti…
Te he visto salir. Llevabas el abrigo que te regalé. No he sabido interpretar tu cara. No sé si era de alivio, de tristeza, de alegría, de incertidumbre. Tenías cara de nada.Me bebo el whiskey de un trago, quiero llorar, pido la cuenta, pienso en salir y provocar un encontronazo fugaz en la puerta del garaje, recapacito, salgo del bar, tomo dirección contraria a la tuya, camino al portal. Voy a buscar los huecos. Llamo al ascensor, tarda, subo por las escaleras, abro la puerta, cuelgo el abrigo. Huele a café recién hecho. Las velas están donde siempre. Hay una maleta en el hall. Tu albornoz está en su sitio, el cepillo de dientes ha vuelto al frasco, hay una nota en el espejo que te dice que te perdone, que me echas de menos. Salgo corriendo, bajo las escaleras de tres en tres, abro la puerta del portal, voy al garaje y allí estás, dentro de tu coche, esperando una respuesta.
Hay un silencio, pienso, recapacito, me concentro y en mi mente encuentro una respuesta: Mañana me apunto al gimnasio.
(Publicado por Sidhe en El Rincón de Dani el 4 de Febrero de 2006)

18.1.06

Andrés Lewin, genialidades...

En la ciudad hay muchos coches
y la gente tiene mucha prisa.
En el cielo, el tráfico es mejor.
***
Cuando te vas, mi barrio se hace pequeño,
se derrumban los edificios y
desaparecen mis vecinos.
Al final solo queda mi casa,
y descubro que mis vecinos
se han amotinado en la cocina.
Y se comen mis empanadas.
No les daré mis trucos.
***
Algunas cosas de la naturaleza,
me sugieren que haga cosas contigo.
Mira esos dos perros follando, por ejemplo.
***
Hay una cosa que va de tu casa a la mía
pasando por la panadería
y dejando un agujero.
Llevo una semana intentando escribir una nana
pero me duermo.
***
Voy a empezar un diario.
Voy a ir al gimnasio.
Voy a dejar de fumar.
Voy a memorizar el diccionario.
Y entre plan y plan, espero vivir un poco.
(alguien debería catalogar este trastorno)
***
Por la calle, todos los chicos son más guapos que mi novio.
Asique me tengo que acordar que el más guapo de todos,
el que duerme a mi lado,
un día pasó por la calle.
No quisiera leer en sus ojos un adiós.
Por eso hemos pintado mi habitación de calle,
con tráfico, semáforos y estaciones de metro.
***

Poemas escritos por Andrés Lewin

http://www.andreslewin.com


10.1.06

AGUA Y BRISA (III)


Devenir es el nombre que damos a las cosas que aún no tienen nombre, miedo es el nombre que damos a las cosas que no nos atrevemos a nombrar. Y el miedo, una vez fuera, es sólo un reflejo del miedo, sin poder para adueñarse de la conciencia de las personas…

La arena ha quedado pegada en la mejilla temblorosa de Yusuf. Reinventándose a sí mismo desciende la opacidad de la madrugada y, ahora sí, se dispone a caminar eternamente por la arena fina en busca de M´Gouna, en busca de la dulce Apo y de los dedos de Lahcen. Pegajosas, las manos descienden por el pecho y sacuden el barro enredado en las axilas de Yusuf que da un sorbo de lactante a las mamas de la roca redimiendo así los pecados de la noche. Piensa en la aldea y no recuerda cuando se alejó de sus calles blancas, de sus mujeres con sombreros de tinaja y asas de brazo, del horno donde el olvido habita el fuego del hambriento. No recuerda en qué momento dejó de recorrer el camino correcto, en que momento quedó preso del sueño y en que momento se desveló. Escalando la roca que le dio cobijo, la mañana le sorprende con pesadumbre y avanza agarrado a una cala, con las uñas llenas de arcilla y los ojos vacíos de recuerdos.
Al llegar a la cima, adivina las cañas y un sonido le alcanza y le golpea con su látigo rítmico y reverberante. Un djembé le devuelve M´Gouna, y a su cabeza llega el crujir de las llamas en el horno, el repiqueteo de los pies de Apo haciendo sonar sus balghas amarillas. Los pechos de Lahcen. Los niños y sus pies danzando al son de unas chapas de refresco que rebotan en el suelo. Y danza (ahora) una lágrima que se evapora en la ardiente mejilla de Yusuf, que se encarama a una piedra y deja resbalar las manos hasta dejar sus brazos en posición vertical junto al torso desnudo. En aquél paisaje extraño no hay mujeres en las dunas, si no pálidas muchachas que bailan desnudas. Ni hombres bebiendo té de menta, si no pálidos muchachos que golpean tambores y beben de botellas de vidrio. Allí no hay niños haciendo rebotar chapas, sólo pálidos niños que se sumergen en las aguas y rebotan sus cuerpos contra las olas. Allí no hay Apo, ni Lahcen, ni M´Gouna. Allí solo está su corazón hecho añicos que se hunden en la inmensa locura de aquéllas gentes extrañas. Wahid, itnani, talatatun. Allí no hay nada para él. Sólo un deseo que le amenaza y le lanza contra su desdicha, un deseo que le golpea con el puño cerrado y le somete, que le hace arrodillarse con el alma entre los pies, meciéndose en el suelo ante la impotencia del olvido. Desesperado Yusuf, camina arrastrando su pecho por las ramas viejas, y al salir al camino ancho - ancho el camino, ancho el abismo -, descienden de un coche dos pálidos hombres que le interrogan en un idioma que no comprende, y sujetándole por los codos con unas manos que no comprende, le hacen entrar en el vehículo, camino hacia algo que no comprende. Wahid, itnani, talatatun. Apo en colores, Yusuf en blanco y negro. Itnani, wahid, talatun. Lahcen a la menta, Yusuf en seda y caricia. Talatun, itnani, wahid. M´Gouna tan lejos del hombre como cerca del hilo de mar que los separa. Tres, dos, uno. Chapas que rebotan en la cabeza de Yusuf. Dos, uno, tres. Pálidos hombres, pálidas mujeres, danzan desnudos. Uno, dos, tres. Ventana con vistas a la nada, y adiós al camino ancho, y adiós al ancho abismo. Uno, Apo en colores. Dos, Lahcen durmiendo en el pecho. Talatatun, Yusuf en blanco y negro, en gris, en negro. Yusuf en adiós a la menta, Yusuf, harina en las mejillas y arena en el horno. Talatatun, itnani, wahid.

4.1.06

AGUA Y BRISA (II)


A través del tiempo redimido para nuestros quehaceres, escucha el silencio de los tuyos, atraviesa las paredes de adobe y sueña otro mundo…

Apo recoge el ramaje seco, y se apoya sobre el poyete de la entrada a la kasbah. El sol comienza a alzarse sobre las dunas y retuerce su júbilo contra la piel de la muchacha. Apo juguetea con los pies y hace chocar sus balghas amarillas cubiertas de barro seco. Un chasquido leve rompe el silencio en el que la niña ha sumergido su tela de araña durante unos minutos y se gira para observar a su padre que aparece tras la puerta con gesto vago rozando el cabello de Apo, con los dedos colmados le regala una mirada, aquélla que sólo a ella le dedica en esa mañana precoz de Mayo. Yusuf se acuclilla sobre las piernas de Apo y le susurra al oído algo que, entre risotadas y aspavientos, la niña celebra retorciéndose en la arena, rebozándose como un animal que halla cobijo en un juego primitivo e inocente.
Yusuf se incorpora y admira la aldea sobre la que los mercaderes han comenzado a instalar sus puestos. Entre las frutas, semillas y toda clase de especias, surgen las antenas parabólicas como plantaciones de tecnología al servicio de la nada. Yusuf se refugia del sol bajo el techo de la Kasbah, construida de tierra, paja y agua para formar los bloques de adobe con los que se levantan las gruesas paredes y los tallos de bambú dispuestos entre troncos de sabina formando el techo que le refugia del calor acuciante de las primeras horas del día. Tras el telón de aquélla estampa ensordecedora de gentes que van y vienen con carros tirados por animales, de negociantes que regatean la compra y mujeres que se llevan las manos a la cadera para no perder el equilibrio, Apo se agarra a la jalaba de Yusuf que acuna la cabeza de la niña posando su áspera mano sobre la cálida mejilla de la muchacha. A través de las cañas, Yusuf observa el trajín de los años que quedan para alejarse algún día de aquel enjambre de hombres y mujeres que nada tienen y a ningún lado van, asumiendo lo imposible que resulta de concebir tal deseo a esas alturas. Para Yusuf abandonar todo aquello que le rodea, jaula de hombres fingiendo ser libres, sería abandonarse a sí mismo, y prefiere la angustia del que sabe que existe algo mejor e inalcanzable, al abandono terrible de la soledad que le ofrece una vida inexplorada fuera del hogar que construyó, fuera del calor de la mujer que le hace vencerse en el lecho, fuera de los ojos de Apo. Alberga sin embargo el temor de las noches frías, el de los largos paseos en busca del trueque. El que da a su familia el alimento cotidiano del hombre autosuficiente que amasa el hambre con las mismas manos con que se alimenta la pobreza. Y en el horno de barro, como todos los días por los siglos de los siglos, cuece el pan que ofrece a cambio de fruta y monedas con que pueda comprar un pedazo de nada y otro poco de algo. Nada más. Nada más puede ofrecer un hombre que no tiene nada, que nada espera y nada sueña. Sólo unos ojos que ahora se pierden en el abismo de M´Gouna, donde las personas caen sumidas en el traqueteo moribundo del devenir de sus días y se adentran en un camino que lleva a la muerte como a la vida trae al que se resiste a tomarlo.
Apo feliz, Apo en colores. Se refleja en la sombra que proyecta la ventana en el interior de la kasbah y un rayo, que también se ha colado, choca frenéticamente contra la tinaja que contiene la harina y se estrella un arco iris de formas y dibujos contra la pared de la estancia. Apo en colores, saboreando el té a la menta que Lahcen prepara en la sobremesa, mientras Yusuf remienda con sus manos la masa de pan y dispone en el horno el fuego con que calienta su amor por aquéllas dos mujeres.
Lahcen y Apo se entretienen cantando historias y Apo reinventa la suya, mira de reojo y el pan ya está listo, es feliz en ese instante breve mientras observa con descaro los pechos de Lahcen que se vuelve y le reprime con la mirada agresiva y cómplice a la vez. En la eternidad de la noche Lahcen se protege con el calor del pecho de Yusuf y se funden como el agua se funde con la sal en el mar del tiempo. Yusuf acaricia la cima de las montañas y desciende lentamente a través del suave estómago de Lahcen que descarga un leve gemido cuando su sexo roza los dedos de Yusuf. Y éstos se agitan sinuosos y acompasados entre las piernas de la mujer que abre los muslos para recibirle, él acepta la invitación y entra sin llamar en el vientre de ella. Y comienza el baile de las bestias al ritmo que les marca el propio deseo, el sudor es el río que recorre las manos de Lahcen, y va a morir en el mar de sudor que es la espalda de Yusuf. Se vierten el uno en el otro, se derraman y la danza concluye en un movimiento decadente y final. Yusuf se inclina y se clava en los ojos de Lahcen. El pan ya está listo. Y Apo descansa en el lado opuesto de la kasbah ajena al rugir de la carne y es feliz en ese instante breve mientras sueña con descaro que el mañana llegará, como cada día, con el primer rayo de luz que entre por la ventana.
Wahid, itnani, talatatun. Uno, dos y tres. M´Gouna recibe un nuevo día con cielos rojos y nubes transparentes, la aldea toma el pulso a la vida y acelera el ritmo con el transcurso de la mañana. Las mujeres se acomodan sobre las dunas y los hombres vociferan sus ofertas entretejiendo el multicolor circo en que se convierte M´Gouna sobre la inmensa planicie del desierto. Wahid, itnani, talatatun. Los niños juegan sobre el asfalto raído a quemarse los pies mientras aporrean las chapas de los refrescos contra el suelo, un salto tras otro, y vuelta a empezar, lanza la chapa y rebota. Uno, dos y tres. Una mujer grita algo y un niño corre despavorido entre el gentío que abarrota la calle principal de M´Gouna. A la puerta de la kasbah se reúnen los hombres para beber té de menta mientras el grupo de niños de pies ardientes que antes jugaba con las chapas, ahora se arremolina sobre otro grupo de hombres que golpean darbukas y lanzan cánticos al dios del trueque y el pillaje. Wahid, itnani, talatatun. Los niños bailan y gritan histéricos, Apo menea su cuerpo delgado, retuerce sus manos y le hace un guiño a la vida. Uno, dos y tres. Las chapas rebotan igual que rebotan los pies de los niños. Wahid, golpe de djembé. Itnani, golpe de chapa. Tres, golpean los pies de Apo el suelo quemándolos al compás de la música.
Talatatun, al compás de la música vende Yusuf sus panecillos haciendo castillos de harina en el aire cálido de M´Gouna, decidiendo en un súbito abandono que cambia su vida por la cara opuesta de unas calles que no conoce. Itnani, de este modo entreteje la celeridad de ese instante en que se aleja del adobe marchito de la kasbah, para traer a sus vidas un soplo de oportunidades que nunca tuvieron. Wahid, y entrega sus manos al feroz entramado que forman las promesas que un día se hizo y que ahora ya (sabe) no podrá cumplir. Tres, adiós a la tormenta de arena, y se la bebe en una súbita bocanada, contraste de cristales por los que atraviesa la luz de la luna, contraste de metales que cubren la alfombra raída por los que corretea un alud de recuerdos. Dos, camina como otros caminaron a través de la desesperación, en una máquina del tiempo que le lleva desde M´Gouna a ningún lado. Uno, pasado y futuro, tan lejos uno del otro como la línea que atraviesa la tierra del delgado hilo que ata a los hombres a su destino.
Yusuf triste, Yusuf en blanco y negro. Se refleja en la sombra que proyecta la lejanía en el interior de la kasbah, y un rayo que ahora se ha colado, choca desesperadamente contra los pies que se visten de arena y estalla un terremoto de lágrimas e incertidumbres contra la pared de la vida. Yusuf en blanco y negro, saboreando el adiós a la menta que Lahcen prepara en la madrugada, mientras Apo remienda con sus manos las manos del padre y dispone en el horno el fuego con que calienta el temor a la despedida.

29.12.05

AGUA Y BRISA (I)


Agua y brisa. Marea. Saliva arrasada, muere en la arena. Frío, tiembla y frío. Las olas regresan y marchan hacia la tierra, vuelven al cielo y se retuercen en ellas mismas. Vive a través del salitre que usa de manta en este día apacible y fugaz. Despierta y ven. Arriba, camina. Despierta y ven. Despierta…

La arena ha quedado pegada en la mejilla temblorosa de Yusuf, como un calvario añadido al frío de las manos rasgadas y adormecidas, señuelo de la nostalgia. El agua roza los dedos formando un barro hermético y discontinuo en las sinuosas líneas de la palma encallada. Los labios amoratados cobijan diminutos granos de playa, amoldados a cada grieta como jirones de aquella playa en la que pronto serán marea baja. Yusuf frunce el ceño y regresa a la vida en un instante, desabrocha el ojo y en su celosía deja entrar la luz a través de los párpados, como el que deja entrar la vida a ráfagas y en pequeños intervalos. Mientras se acomoda y precipita a esta nueva realidad que es el día incontenible, aleja el rostro del brazo sobre el que se dejaba mecer y se inclina alzando levemente la barbilla.
Un ligero golpe de brisa le alivia y le abrasa a partes iguales como ascuas de carbón encendidas sobre la piel gruesa. El frío es insoportable, feroz y, a pesar de ello, el sol devora su frente incombustible. La sal se ha detenido a jugar con los dedos de sus pies, él observa y no lo impide, e inmediatamente después de intentar incorporarse cae irremisiblemente sobre el abismo de su propia debilidad. La costa se asoma como un lugar excesivo, con voluntad de infinito, salvaje para su condición de ser mortal y ajeno a los anhelos del destino fútil de los hombres. Trata de pensar qué lugar es aquél en el que las fuerzas le dieron de lado y en el que la memoria se ha esfumado en fugaz parpadeo, tal vez para encontrar lo que un día perdió junto con tantas cosas.
La aldea no debe quedar lejos de allí, piensa, sin duda se desorientó al caer la tarde y decidió quedarse a dormir en la playa, al abrigo de aquéllas montañas que no recuerda haber visto hasta entonces. Aunque la sensación de no recordar nada le hace sentir extraño, Yusuf no es hombre que albergue temores fácilmente. El miedo, se repite a sí mismo, una vez dentro del cuerpo que posee es peligroso para él mismo, para el propio miedo, y sólo él se alimenta y crece a medida que se hace más fuerte. Por esta razón, Yusuf no le da un milímetro de ventaja. Una vez fuera, el miedo es sólo un propio reflejo del miedo, sin poder para adueñarse de la conciencia de las personas.
Yusuf se levanta, por fin, apoyando sus manos sobre la arena blanca - la más blanca que jamás ha visto -. Definitivamente está perdido, cobijado en la ciclotimia, y no titubea un instante antes de ponerse en marcha, pues el frío va remitiendo, pero el sol cada vez se alza más y amenaza con sus rayos traviesos proyectarse en el sólido cuerpo del hombre. Yusuf suspira y la primera bocanada de aire que roza su boca atraviesa el paladar como un cuchillo afilado que intenta apurar lo que ya está apurado, y su lengua es tan sólo un trapo que quedó demasiado tiempo tendido y se secó, olvidado. La sed que fue necesidad ahora es imperativo. Yusuf atraviesa torpemente la estrecha línea de arena – la estrecha línea que separa la vida y la muerte - e inclinando el cuerpo alcanza las rocas oteando levemente la distancia inmediata, sacudiéndose la arena de las pestañas regresa a la nitidez y da gracias al mundo por acunar, bajo un pequeño saliente de la montaña, un escaso hilo de agua que se desmorona sobre la superficie formando un insignificante charco en la inmensa necesidad de Yusuf que consigue, a duras penas, atravesar la barrera que separa el sufrimiento del infinito alivio que provoca aquél manantial diminuto. Se bebe su angustia a tragos, la roca a borbotones le ofrece la calma, la angustiada lengua pide más, la piedra altruista no retiene para sí su dulce jugo de la vida, ese zumo de la felicidad para el que Yusuf ha abierto la garganta de par en par dando la bienvenida a cuanto pueda proporcionar albergue en sí mismo. Una vez la sed ha sido mitigada, Yusuf duda un instante y vuelve a caer irremediablemente sobre el abismo de la debilidad.